Cuando hablamos de la infancia 👶✨ y de cómo educar o cuidar a nuestros hijos e hijas, sin duda se abren heridas del pasado 🥺.
Porque, por más que no se pretenda juzgar a quien hizo cuanto pudo, es difícil que el interlocutor no se sienta interpelado💭.
Y ahí es donde comienza lo complejo: ¿dónde poner el límite de expresar la diatriba contra todo lo preestablecido como razonable?
Si con el tiempo se han normalizado costumbres que, francamente, contra otro grupo social se habrían considerado claramente denigrantes, ¿cómo yo, sabedora de semejante injusticia, podría mantenerme al margen? ❤️
Y no solo eso, sino proseguir con la retahíla de desprecios sin pestañear.
Y es que, qué es un desprecio cuando se entiende parte de una costumbre. Y no una cualquiera, sino una de esas que sostiene la premisa de educar en el bien y en el mejor hacer futuro ✨ .
Tal vez las generaciones posteriores vean calamidades en nuestra forma de criar. Y en realidad será maravilloso ver cómo desarrollan ese espíritu crítico tan necesario para la mejora continua de cualquier cambio.
No obstante, y especialmente por todo lo dicho, hoy me descubro frente a ti abanderada de las causas obligadas, del derecho a ser niño o niña 🌈, como ha sido mi caso, de la prerrogativa a reír alto, correr descalzo sin rumbo ni permiso, meter las manos en dudosos charcos de aguas, vestir con colores imposibles y formas del todo inconexas 🎈.
En este día, por fin voy a permitir las ideas, las quejas e incluso las exigencias algo desmedidas de una infancia desbordada por un sentir olvidado para quienes ya peinamos canas 😌. Hoy escucho no solo con silencio sino con atención, la expresión vívida de un relato demasiado importante para no ser atendido ❤️.
Detenerme no solo en la trama, sino en el trasfondo de los detalles bien acomodados; esos que crean escenas imposibles e increíbles, capaces de resignificar la mirada de un espectador acostumbrado a las más que rocambolescas megaproducciones hollywoodienses 🌙✨.
Y es que la infancia tiene eso tan mágico que llamamos “imaginación en estado de ebullición permanente”, al menos hasta que Morfeo se erige timonel y prevalece el silencio sobre el sonido. Un mutismo que se extiende cual máxima en un hogar deseoso de un minuto de quietud 🌾.
Y es que, aun codiciando ese espacio a cada segundo del día ❤️👶, todavía, llegada la hora, una se asoma a mirar la tierna estampa de un niño hermoso y callado, entre suaves y perfectas facciones.
Ahí está el pequeño pillastrín que tan poco entiende las normas que un día yo tampoco entendí, pero que, de alguna manera, consiguieron colarse en mi pensamiento como exigencias propias de la divinidad ✨.
Ahí lo ves, tan en calma, tan a salvo.
Dónde habrá quedado la impaciencia de no entender el funcionamiento de todo cuanto se asoma inquietante, o el hambre tan repentina como inesperada.
Ahí, parada sobre el umbral de la puerta, una se siente cual escudo pétreo salvaguardando al que un día fuera bebé y que, casi sin avisar, comenzara a revelarse más niño que infante.
En esos momentos de silencio celestial, al abrigo de un refugio de amor y paz, surge la congoja de saberse infinitamente agradecida en cada célula de un cuerpo tan agotado como complacido.
Así llega una a su propio dormitorio, contiguo al de la criatura, entrelazado por hilos invisibles a los ojos de cualquiera y evidentes para quienes los decidieron tejer.
Hasta que pocas horas después el reposo da la bienvenida a un amanecer callado, rojo de alegría, vibrante de emociones, dispuesto a expandirse sin recato ni pudor.
Las flores 🌸 aún dormidas guardan su corolla a la espera de que el sol temprano y sutil llegue hasta ellas; mientras que la hierba mojada por un rocío de una noche fresca, va tintineando con los primeros rayos de luz 🌾✨.
La casa aún guarda reposo. No hay Legos en las alfombras, salvo alguno despistado de un día anterior al que, por cierto, el gato de la casa ha dado buena cuenta 🐱🧩. No hay desvelos ni demandas, solo el callado cielo carmesí regalando un nuevo día.
Y yo me pregunto, ¿no te pasa a ti que en los momentos en que toda inquietud ha trascendido y a su paso, tras arrollar cuanto hubiera en su camino, ha conseguido trascender el altar de lo importante y acabar revelándose en poco menos que nada; no te pasa que sientes como una puñalada atraviesa tu corazón y como la duda de si habrías podido respirar entre gritos y amenazas acongoja tu sentir?
¿Acaso no se te revela absurda la falta de autocontrol ante un ser aparentemente tan pequeño como indefenso? Y es que la verdad, pequeño es, pero no lo parece.
Su voz a ratos se alza demasiado imperativa. Desmonta con pericia las pocas habilidades que una ha podido crear a cuenta de un “bien llevar” la extenuante maternidad.
“Está claro que estos chavales tienen las de ganar”, se podría pensar 🤔. Si no fuera porque ese veredicto no es sino la réplica del que nuestros padres y madres, como mejor supieron cuidar ❤️, habrían dado de nuestra infancia, tal vez te daría la razón.

Curiosamente nadie tiene nada que ganar. Se trata más bien de un compartir, ofreciendo cada cual un conocimiento antagónico y complementario al del otro 🌿.
Y de paso, si es posible, porque nuestra acorazada alma nos lo permita, disfrutar de todo ese ruido que no pudo o no supo gritar la niña que un día fuera.
Y es que la crianza tiene sus más y sus mayores. No hay día en que se deje de aprender. A veces es para bien y otras es para mejor 💫.
Los hijos y las hijas son un tesoro incalculable ❤️. Son refugio y desamparo. Ellos te abren en canal y tú, si puedes, quieres o te atreves, te permites mirar hacia dentro, encontrar a esa pequeña que fuiste y, con suerte, retozar en el barro de un charco desconocido entre el portal de la casa en la que viviste y el colegio al que fueras 👶🌈.
Esta vez sin amonestaciones ni reprimendas. Solo tú, descalza, empapada, divertida, sin juicios ni pretensiones, de la mano de un niño que sonríe por fin cerca de la madre que cuidó no solo de él, sino de la niña que siempre será ❤️✨.


MJPVillares
Escritora y poetisa