Nos empeñamos en redirigir los acontecimientos de la vida hacia donde parece que nos encaja mejor, incluso cuando la propia vida nos va dando las indicaciones a la contra.
Tal vez sea por esa necesidad oculta de cubrir necesidades invisibles: las que hemos normalizado tanto como para hacerlas desaparecer.
Lo curioso de todo esto es cuando tienes la certeza de cómo esos miedos, esas tristezas, esos espacios no habitados por quienes debieron hacerlo durante nuestra infancia, disfrazados de cotidianidad, crean vacíos que hacen tambalear una estructura ya de por sí repleta de fisuras.
Es como si de repente al mirar vieras claro y nítido el cuerpo de un ser humano hecho de jirones, uno que no es otro sino tú. Remendado con una suerte de pegamento poco fiable, caminando cual borracho pensándose erguido, completo en sus habilidades, enorgullecido de sus ocurrencias.
Y sin embargo, que evidente es para cualquier persona lúcida, ajena a todo recuerdo, para quien esa imagen no es más que un esperpento de vida reconstruida entre huecos de silencios y olvidos, de espacios sin abrazos, sin consuelos, sin compañía; algo que te deja sin aliento.
Y quién sabe si a la inversa no ocurriría lo mismo, total, bien sabido es que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que no ver la viga en el propio.
Todos hemos oído decir "los niños pueden con todo" y si no lo has oído, cosa que dudo, claramente se sobreentiende.
Tú me dirás si no a qué vienen las joyas tipo no ayudar a quien se cae, ni consolar a quien llora. Todo por una buena finalidad, la ruda intención de dejarle manejar las torpezas propias de la infancia en absoluta soledad, otorgándoles una maestría de ningún modo solicitada.
Básicamente como si todo cuanto nunca jamás se le pidiera a un adulto, se diera por supuesto para un crío.
Lo más interesante de todo este engranaje es darse cuenta cómo uno al crecer va repitiendo los mismos patrones que antaño replicaron sus predecesores. Tendrás suerte si eres consciente siquiera por un instante. Es revelador ver hasta qué punto estamos hechos de secuencias automatizadas.
Yo no sé si me atrevería a asegurar que todas las madres y todos los padres quieren lo mejor para sus hijos e hijas, porque esa aseveración lleva aparejada la errónea idea de que todos ellos, como adultos, saben atender con detalle y cariño las necesidades propias de su niño interior. Y visto cómo va el planeta, me cuesta mucho creérmelo.
Ahora bien, lo que sí me aventuro es a establecer una premisa que gira en torno a la romántica idea de que, si bien no lo son todos, sí lo somos la mayoría.
Y ¿qué pasa con todo esto? Pues pasa lo inevitable. La premura por cubrir unas necesidades poco atendidas y nada evidentes te pueden llevar a manejar con torpeza una vida aparentemente sencilla, como si la suave brisa tomara el cariz de una gran tempestad.
Por poner un ejemplo de esos tontos, para gente lista como nosotras, en la casa de Gran Hermano todo se magnifica, hasta que se mira con perspectiva.
Resumiendo, como no tienes sostén, te amarras a lo un clavo ardiendo si hace falta, creyendo además estar en la necesidad de hacerlo, que esto es lo peor. Un pequeño detalle te es suficiente para ver en los demás la belleza de todo cuanto hay en ellos, sin cuestionar, sin rebatir.
¿Te imaginas si en lugar de buscar hacia fuera guardaras silencio y escucharas el convulso movimiento que ensordece tu verdadera esencia?
Nos hemos acostumbrado tanto tantísimo a interpretar la independencia como algo excesivamente corpóreo que obviamos la verdadera sustancia de nuestra soberanía.
Como curiosidad te comparto un recuerdo, tal vez sirva para enmarcar de modo más sencillo lo que humildemente intento contarte, a ti y a mí si te soy sincera, no sea que con el tiempo se me pierda la información por el desuso:
En una escena de una película que no sabría ubicarte, una niña, con inteligencia suprema, declaró algo así como que nadie nunca podría en verdad imponer u pensamiento en su mente ni en su corazón, por más que ella y su cuerpo pudieran dar a entender que así estaba siendo.
La referida escena se encontraba enmarcada en una época oscura de nuestra reciente historia, donde el fascismo, por desgracia, era lo cotidiano.
Me pareció sublime.
Saberse dueña de todo, incluso cuando el propio entorno ha puesto todo su empeño en impedírtelo, por interés o desconocimiento, es básicamente magnífico.
Porque, aunque nos guste pensar que estas cosas pertenecen a un pasado ya superado, la verdad es que las dinámicas sociales siguen pretendiendo manipularnos para establecer como natural una manera indigna de pensar, muy especialmente para las mujeres, buscando sin descanso el miedo continuo, la división y el foco en todo lo que no es gestionable.
Y con este miedo bien metido en el tuétano, la libertad siempre estará coartada, inevitablemente. Pero reconóceme al menos que de ningún modo llega a sentirse tan invasivo como lo haría una dictadura basada en la intolerancia y el autoritarismo militar, que es el lugar desde el que aquella niña declaraba su independencia moral. Casi nada.
Sin embargo, cómo son las cosas, a pesar de haber superado esa tiempos sombríos, estamos ante un momento histórico cuanto menos curioso.
Quienes añoran épocas pasadas, exiguas en cuanto a derechos se refiere, se pasan horas lamentándose y exigiendo el ejercicio de una libertad imposible de encajar en momentos pretéritos, con sus discursos reproducidos hasta la saciedad en redes, programas decididamente casposos y tertulias de gran alcance. Sacando rédito de todo cuanto divide.
Y ahí los ves gritando sin pudor ni educación desfachateces demasiado indecentes como para repetirlas en este blog.
Escúchame.
A salvo de imbéciles, que los hay en todas las esquinas, nadie en este santo lugar, en esta tierra hermosa y gloriosa, tiene la llave que abre las puertas de tu augusto corazón.
Esa llave solo te la dieron a ti. Se forjó en el momento que decidiste venir a encarnar tu vida, con el aliento de eso tan sagrado que es el libre albedrío.
Podrás creerla extraviada, pero te aseguro que siempre la llevas contigo.
Una llave que abre con facilidad la puerta del mundo de las infinitas posibilidades a las que sin duda tú tienes acceso.
Un espacio en el que perdonar lo imperdonable es sencillo y agradecido. Donde todo lo que pesa deja de cargarse.
Te aseguro que desde ahí no volverás a necesitar quien te sostenga. Tú misma serás quien se atreva a hacerlo.
Hoy te aseguro lo improbable, convencida como estoy de ser consciente de la existencia imperceptible de un sostén inconmensurable. Un abrazo infinito en el que desplegar las alas de nuestro inabarcable misterio.
Mírate dentro.
No te dejes engañar por el jaleo reinante, hay demasiado atrezzo decorando la vida.
Tú eres oro. Y ¿sabes una cosa? Aunque no nos conocemos, estoy segura de que me fascinas.


MJPVillares
Escritora y poetisa